Arepa vacía, conciencia tranquila

Arepa vacía, conciencia tranquilaHace unos meses, una de mis mejores amigas se fue a vivir a los Estados Unidos, y desde entonces las demás del grupo hemos estado planificando un viaje para ir a visitarla. Ayer, fui a la sucursal de una aerolínea para ir chequeando los precios de los pasajes, y nunca me imaginé que saldría de ese lugar con esta historia.

Mi madre y yo estábamos sentadas esperando nuestro turno, ya que estaban atendiendo a otra señora, cuando una joven con aspecto de extranjera entró con su niño y se sentó al lado de nosotras. Yo hablaba con mi madre de cualquier cosa, y surgió el tema del huracán María.

Al parecer, la joven escuchó de lo que hablábamos, y con cara de angustia, nos preguntó: “Disculpe, ¿Cuándo llega el huracán?”, y mi madre le respondió que se esperaba que llegara al otro día, que sería hoy jueves. Ella respondió, “Yo estoy muy asustada”, y antes de que pudiéramos contestarle, se echó a llorar.

Todas las que estábamos allí nos miramos desconcertadas, y naturalmente, le dijimos que no tenía de qué preocuparse, que el huracán no sería tan fuerte como lo anunciaban, e incluso le dijimos que eso no pasaría por aquí.

Mi madre le preguntó, “¿Tú eres venezolana?”, y ella entre los llantos, asintió. Como si lo hubiera tenido guardado en una caja fuerte, la joven se desahogó y nos comentó lo difícil que ha sido para ella migrar hacia nuestro país, República Dominicana.

Decía, “Yo vine aquí porque me quiero regresar a Venezuela a estar con mi familia, y estaba revisando a ver en cuál de las aerolíneas me salía más barato. La verdad es que esto ha sido mucho más difícil de lo que imaginaba. Me han humillado y menospreciado por ser venezolana”.

Al preguntarle por si tenía trabajo, ella dijo que tenía uno al que tuvo que renunciar. “Trabajaba en una de esas bombas de gasolina, en la tiendecita. Pero las personas se burlaban de mi, me trataban muy mal, y tuve que dejarlo”.

Mientras la joven nos hacía la historia, la otra señora que estaba en el mostrador, con una apariencia también de extranjera, pero de una clase más pudiente, se incluyó en la conversación. “Mira, migrar no es fácil. Yo también soy venezolana. Hace 7 años que me fui de Venezuela, y ya he vivido en dos países más. Esto no es fácil, pero hay que ser fuertes, sobre todo ante nuestros hijos”.

Ella fue y le dio un abrazo, en mi opinión, uno de los más sinceros que he podido presenciar, algo inexplicable. Es que cuando compartes un pedazo de tierra, de nacionalidad con otra persona, uno se siente conectado. Así mismo nos pasa cuando nos encontramos a dominicanos en todas partes del mundo.

La joven, ya más calmada, le responde que “Así como hay gente mala, también hay gente buena. No puedo negar que personas se han ofrecido a ayudarme y darme propina. Pero no es un secreto que aquí las venezolanas son reconocidas por prostituirse. A mi me han llegado a ofrecer dinero para eso, pero yo lo rechazo. Quizás me coma mi arepa vacía, pero con la conciencia tranquila“.

En ese momento, me sentí muy molesta. No hay peor sentimiento que sentir que tu dignidad está siendo amenazada. Y esto lo vivimos las mujeres día a día en nuestro país, cuando nos piropean en las calles y nos dicen cosas muy vulgares. ¿Pero el hecho de que las personas asuman de que por ser de nacionalidad venezolana estás dispuesta a prostituirte? Eso ya está a otro nivel.

Luego de un momento de silencio, la señora del mostrador nos contó una historia. “Los otros días andaba por la 27 de febrero en una zona que no es muy bonita. Y estamos atascados en un tráfico enorme, cuando veo a estas niñas hermosísimas, con ropita muy linda, y con una gorra con la bandera de Venezuela. Y las veo corriendo, tratando de vender limonada. Me sentí impotente. A muchos de nosotros ya no nos vale que hayamos estudiado en un colegio, hecho una carrera. Por el simple hecho de que tengamos unos Gobernantes que están destrozando nuestro país, nos vemos obligados a migrar. Ya luego le dije a mi esposo que no tenía ganas de comer ni de gastar plata, sólo quería irme a casa”.

Llegó nuestro turno para chequear los pasajes, y mientras averiguábamos pude darme cuenta de que ambas intercambiaron números de teléfono, ya que la señora le prometió agregarla en grupos de venezolanos de Whatsapp en los que mandan ofertas de empleo cada vez que aparecen.

Eso es fraternidad. Eso es solidaridad. Eso es hermandad.

Luego nos despedimos de las venezolanas, y nos fuimos de la plaza. No podía dejar de pensar lo difícil que sería para mi tener que dejar mi país en contra de mi voluntad.

Así es como yo lo veo… ¿cómo lo ves tú?

 

 

 

 

 

 

 

 

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